Otto von Bismarck no fue simplemente un político alemán del siglo XIX. Fue el arquitecto de un Estado fuerte que buscaba mantener a la sociedad bajo control en un momento de rápido crecimiento industrial. Alemania cambiaba con rapidez: crecían las ciudades, se desarrollaban las fábricas, se fortalecía la clase obrera y aumentaba la influencia de los movimientos socialistas. El Estado entendía que, si al trabajador no se le daba al menos una mínima sensación de protección futura, podía empezar a buscar protección no en el Estado, sino en fuerzas políticas revolucionarias.

